El seudónimo como personaje
Un seudónimo no es una máscara: es una segunda piel. Hay escritores que se esconden detrás de un nombre falso; hay otros que solo pueden escribir con verdad cuando adoptan uno.
J. O'Pater nació de un apellido y de una historia. El apellido es Paterna; la historia, la de un antepasado que navegó entre España e Irlanda en el siglo XVI y dejó descendencia en los dos extremos del mar. El nombre O'Pater es una traducción imposible: la forma irlandesa de un apellido murciano, una ficción genealógica que resultó ser, con el tiempo, más verdadera que muchas certezas.
Durante años, ese nombre fue solo una firma. Una manera de separar los textos de concurso del trabajo diario, de poner distancia entre la escritura y el resto de la vida. Pero en algún momento —difícil de fechar, como todos los momentos importantes— dejó de ser una firma y se convirtió en una voz.
La diferencia entre esconderse y separarse
Hay una distinción que conviene hacer con precisión: un seudónimo puede ser una huida o puede ser una elección. Los escritores que firman con otro nombre para protegerse —del escándalo, del ridículo, de la reputación laboral— están usando el seudónimo como escudo. Pero hay otra modalidad, menos defensiva y más constructiva: el seudónimo como espacio propio, como habitación donde la escritura tiene sus propias reglas y no está obligada a dar cuentas a nadie más.
J. O'Pater no oculta nada que no se pueda descubrir en dos búsquedas. El secreto nunca fue el punto. El punto era tener un nombre que perteneciera solo a la escritura, que no llegara cargado con las expectativas de la vida cotidiana, que pudiera equivocarse y aprender sin que el error contaminara otras partes de la identidad.
El seudónimo no es quien se esconde. Es quien puede decir lo que el nombre propio no sabe cómo formular todavía.
El nombre como genealogía
Hay algo más en este caso particular: el nombre O'Pater tiene historia antes de que existiera como seudónimo. Diego Paterna, el antepasado que navegó con la Armada y conoció a una mujer irlandesa llamada Moaria, dejó un rastro en los registros que tardó siglos en encontrarse. Cuando aparece ese rastro, el apellido ya no es solo un apellido: es una línea de tiempo, una genealogía de personas que vivieron entre dos culturas sin pertenecer del todo a ninguna.
Ese origen hace que el seudónimo lleve dentro de sí la misma tensión que define la escritura: estar entre épocas, entre identidades, entre lo que la historia recuerda y lo que la ficción puede imaginar. J. O'Pater escribe novela histórica; tiene sentido que su nombre mismo sea una pieza de historia reconstruida.
Cuando el personaje escribe al autor
Con el tiempo, algo curioso ocurre con los seudónimos de larga duración: empiezan a tener carácter propio. J. O'Pater tiene una forma de ver los personajes históricos que no siempre coincide con la del hombre que lo usa. Tiene una tolerancia particular hacia los personajes moralmente complejos, una tendencia a buscar la escena que nadie mira, una desconfianza profunda hacia las resoluciones demasiado limpias. Esos rasgos no son exactamente los del escritor detrás del nombre; son los del nombre mismo, construidos a lo largo de décadas de textos.
Eso no es disociación: es literatura. Todo escritor de ficción sabe que los personajes, si están bien construidos, acaban tomando decisiones propias. Lo menos sorprendente es que el narrador que los crea también pueda adquirir vida propia.
En ese sentido, J. O'Pater es el primer personaje de su propia obra: el que existía antes de que existiera la primera página, y el que seguirá cuando la última haya sido escrita.