Damián
De niño miraba el cielo preguntándose qué había más allá. De fraile, aprendió que algunas respuestas están mejor guardadas bajo tierra que en él.
Empiezo la serie de personajes por el que da nombre a la novela.
Una fe que se construye, no que se hereda
Damián no nace fraile — se convierte en uno. Y esa evolución, de niño curioso a hombre de fe, es tan importante para la historia como cualquier puerta que se abra bajo el convento. Quería que su fe no fuera un punto de partida dado por hecho, sino algo construido: dudas, preguntas, algún que otro tropiezo antes de encontrar su lugar dentro de los muros donde ahora vive.
Es esa misma capacidad de preguntar — la que tenía de niño mirando el cielo — la que lo convierte, sin él saberlo todavía, en la persona indicada para descubrir lo que hay bajo el convento.
No cuento más por ahora. Falta bastante camino hasta noviembre.